sábado, 26 de mayo de 2012

Medicalización, normalización y resistencia de la otredad



En el siglo XIX, los hombres que mantenían relaciones con otros pasaron de ser considerados sodomitas, criminales a los ojos de Dios, a homosexuales, clase perniciosa para la sociedad y, por lo tanto, competencia de la medicina y de los tribunales de justicia.  El discurso médico sobre la sexualidad que se estableció como marco normativo (tecnología de poder) reclamó su legitimidad  en base a su objetividad científica y supuso un quiebre respecto al discurso religioso y moral que regía anteriormente y logró desplazar el sexo hacia el interior de las ciencias naturales.
Sexo y sexualidad van a ser ubicados en los discursos modernos dentro del ámbito de la naturaleza[1] y, concebidos como impulso, sentimiento o esencia, serán definidos como sólido fundamento de la identidad social de los seres humanos. Esta ubicación emplaza y articula todos los discursos sobre la sexualidad dentro de la dicotomía sociedad-naturaleza. Así, la naturaleza se introducirá definitivamente como argumento para ligar la sexualidad a la reproducción como su única forma legítima.
Durante mucho tiempo la bibliografía médica se caracterizó por mantener gran disparidad de definiciones y de términos para referirse a ese grupo de personas: uranismo[2], inversión, tercer sexo, sentimiento sexual contrario, etc.
La palabra homosexual es un híbrido del griego homós (igual) y del adjetivo latino sexualis[3].  Aunque como vimos anteriormente,  en distintas etapas históricas los individuos atraídos por personas de su mismo sexo fueron clasificados con distintos términos, el concepto de homosexual quedó fuertemente asociado a una definición científica, clínica, de la sexualidad y  relacionado con cierta patología: “A pesar de sus dificultades incluso semánticas (…) sería la que predominaría sobre otras quizás porque consagraba exitosamente la unión entre el saber médico y el poder de la policía.”(Melo, 2005, p. 17)
La palabra homosexualidad fue, en principio, un término relacionado con la militancia pro-gay. Fue utilizada por primera vez por  Karl María Kertbeny (1824-1882)  en dos panfletos que tomaban la forma de carta abierta al  ministro prusiano de Justicia.  En ese momento se estaba elaborando un nuevo código penal para la Federación del Norte de Alemania y había surgido el debate sobre la pertinencia de mantener un artículo del código penal prusiano que establecía que el contacto sexual entre personas del mismo sexo era un delito.
Kertbeny planteó una idea sumamente novedosa para su tiempo, que será retomada después: la atracción sexual de algunas personas por otras de su mismo sexo es innata, no adquirida, es inamovible de la personalidad, por lo cual no es sujeto de criminalización. (Melo,op.cit. p. 16)

En su tratado Psychopathia Sexualis (1885), Richard von Krafft-Ebing utiliza el término para definir una patología a la que consideraba una perversión que podía ser innata (y  que en consecuencia no se podía considerar una actividad delictiva) o adquirida (a través de la seducción, prostitución y vicio) a la que era necesario diagnosticar y tratar.
A pesar de algunos trabajos médicos que recalcaban el carácter viril del homosexual, la mayoría de los profesionales sugería que había claras señales de femineidad en ellos. Uno de los grandes impulsores del estereotipo de homosexual afeminado fue  Magnus Hirschfeld, que siguió la definición que dio Urlichs del homosexual como perteneciente al tercer género con un espíritu de mujer atrapado en un cuerpo de hombre.
Según Hirschfeld, la combinación de cuatro criterios (los órganos sexuales, las características físicas, los instintos sexuales y el carácter moral) situaban a las personas en una escala entre el tipo sexual ‘totalmente masculino’ y el ‘tipo sexual perfectamente femenino’, determinando así si pertenecía o no a la categoría  de ‘tipo intermedio sexual (Tamagne, 2006.p.168)

Existen ciertas similitudes entre la propuesta de Hirschfield y la teoría freudiana, ya que Freud (2003) rechaza la idea de degeneración y de hermafroditismo psíquico, y afirma que “la virilidad más completa es compatible con la inversión”, y no analiza la homosexualidad como enfermedad, sino que defiende la idea de una “bisexualidad originaria”.
La relación entre afeminamiento y homosexualidad fue establecida paulatinamente por médicos y psiquiatras, pero es el escándalo de Oscar Wilde (1895) lo que muchos suponen como la primera imagen clara y permanente que le llega a la sociedad del homosexual dandi y afeminado. Siguiendo a Sinfield (1994), la  condena de Wilde hizo “del afeminamiento, la ociosidad, la inmoralidad, el lujo, la despreocupación, la decadencia y el esteticismo los elementos distintivos de la inversión sexual” (pp.11-12)
Además de aparecer en los escritos de Sexología y de Psiquiatría- incluidos los de Freud- de finales del siglo XIX y comienzos del XX, ‘ homosexualidad’ se populariza a partir del affaire Eulenburg, un escándalo sexual en la corte del emperador  de Alemania (…)entre 1907 y 1909.
La homosexualidad es, por tanto, como señala Foucault, una invención de la Psiquiatría que se acopla perfectamente  con las características vigilantes, panópticas, normalizadoras y clasificadoras de las sociedades modernas, es decir de las formas propias de la modernidad. La Psiquiatría hizo del homosexual un personaje con una infancia, un carácter, una forma de vida y una morfología. (Melo,op.cit p. 17)

Entre 1870 y 1940   existe cierta militancia homosexual en Europa.  El Wissenshafftlich-Humanitäres Komittee (WhK) fundado por Hirschfeld  en Alemania (1897) divulga una petición que retoma el ideal de Kertbeny, firmada por grandes nombres de la época como Thomas Mann, Albert Einstein, Emile Zola y León Tolstoi, quienes piden la abolición del párrafo 175, la ley alemana que sentenciaba a los hombres involucrados en relaciones homosexuales.
En 1919, Hirschfeld funda en Berlín el Institut für Sexualwissenschaft, para recopilar toda la información disponible sobre homosexualidad, con el objetivo de crear una gran biblioteca y un punto de investigación sobre el tema. Durante este período, Berlín, París  y Londres emergen como capitales de libertad para los homosexuales. París ofrecía su periferia como ámbito de relativa libertad, por lo que la subcultura homosexual se mezcló con los bajos fondos y la sordidez de Montmartre, Pigalle y Montparnasse. Se puede percibir ya en este momento el surgimiento de una especie de cultura homosexual, no sólo por los espacios de práctica social, sino por la circulación de referencias y representaciones compartidas: a los textos clásicos como  El Banquete de Platón, se suman otros, de gran peso: Muerte en Venecia (Mann, 1912), Sodoma y Gomorra (Proust,1921), Orlando (Wolf,1928).
Luego de la Primera Guerra Mundial, homosexuales y lesbianas llegaron a ser símbolos de la modernidad,  y encarnaron las alteraciones estéticas y morales de los années folles[4]. Las novelas modernas  delineaban personajes adictos a la cocaína, homosexuales y lesbianas como representaciones de una era. El ambiente europeo, en especial el berlinesco, era retratado en los bocetos de Mamen, Schad y Otto Dix.  Para la generación más joven de los años 20, caracterizada por  ser apolítica y con una fuerte influencia americana, el culto al cuerpo andrógino implicaba una ruptura con la generación anterior que había arrastrado al mundo a una guerra de dimensiones hasta entonces desconocidas.
En esa influencia de la figura del andrógino, se puede intuir un intento de acercamiento entre los sexos y de crear un estereotipo de belleza universal, alejada de los modelos tradicionales.  Así, la mujer masculinizada (garçonnes), económicamente independiente y liberada de las restricciones sociales de la feminidad,  parece acompañar el movimiento de emancipación femenino. Paralelamente, el afeminamiento de un sector de la nueva generación masculina puede interpretarse como un rechazo de los valores militares y un acercamiento a los ideales pacifistas.  Será el ascenso del nazismo lo que provocará un retorno a la glorificación del cuerpo masculino.
Aunque durante el período de entreguerras la policía mantenía grupos específicos de investigación para detener a sospechosos de actos homosexuales, las condenas se redujeron considerablemente, sobre todo por la imposibilidad de establecer una definición legal de homosexualidad.  El homosexual es presentado, por una parte como asocial, y como riesgo de “contagio” y de corrupción de menores.  Por otra parte, se lo clasificaba en función de su clase social, aunque todas las clases negaban que hubiera homosexuales en su seno: a fines del siglo XIX la clase media afirmaba que la homosexualidad  era una consecuencia directa  del proceso de industrialización y de la urbanización vertiginosa de la sociedad y, por lo tanto, un tipo de depravación directamente relacionado con la clase obrera. La clase obrera, por su parte, prefería verla como la perversión de estetas y aristócratas degenerados, víctimas de la pereza, el ocio y el lujo. A fin de cuentas, el homosexual siempre era el otro.
El temor al debilitamiento social debido a la homosexualidad llegó a su apogeo en la Alemania nazi. En los años posteriores a 1933 proliferaron las acusaciones de homosexualidad como arma para terminar con los que se oponían al régimen en la Iglesia Católica y en el ejército.   En 1935 se amplía el párrafo 175, que abarca ahora todas las expresiones de deseo homosexual.  Desde el punto de vista nazi, los homosexuales no tenían utilidad social alguna, ya que no aceptaban las exigencias de la nación alemana (casarse y tener hijos).
Henrich Himmler, principal artífice de la retórica homófoba del régimen, distinguió entre los verdaderos homosexuales y aquellos que habían sido seducidos, pero podían curarse.  Durante la guerra, mostró gran interés en los experimentos médicos[5] (tratamientos psiquiátricos, hormonales y castración) para encontrar una forma de enviar homosexuales al frente sin riesgo de contagio.  Afirmaba también que la homosexualidad era importada del extranjero como resultado de una mezcla de razas, y establecía una relación directa entre los homosexuales y los judíos, y rechazaba a ambos grupos por femeninos. (Tamagne, 2005) (Graug & Shoppman, 1995) (Plant, 1998)
Entre 1934 y 1940, cerca de cien mil homosexuales fueron enviados a campos de concentración, donde se los identificó con un triángulo rosa (posteriormente símbolo del movimiento gay). Encarcelados bajo el párrafo 175, a estos prisioneros se los consideraba el grupo inferior y más prescindible de los presos, y se les daba las tareas más duras para curar sus inclinaciones antinaturales[6]. Aun con la caída de Alemania y la liberación de los campos, muchos de los homosexuales detenidos fueron llevados a cárceles comunes para cumplir su condena.
En la década del 50, surge, en Estados Unidos primero y en algunas ciudades europeas después, una serie de organizaciones homófilas que entendían que la ignorancia era la causa de la discriminación. Rechazaban la identidad basada sólo en las prácticas sexuales y rescataban los sentimientos de atracción y amistad entre personas del mismo sexo. Si la ignorancia y la falta de información eran la causa de la discriminación, estos grupos tenían como objetivo demostrar su conformidad y adaptabilidad a los códigos sociales imperantes.
Siguiendo a Rizzo (2006), esta aceptación se manifestó por dos vías: por un lado, a través de publicaciones periódicas, traducciones  e intercambios con otros grupos homófilos europeos. Por otro lado, garantizando que se viera a los homosexuales como hombres y mujeres comunes (sin afeminamiento y masculinización), ciudadanos legales (no espías del enemigo) y moralmente respetables (no predispuestos a infringir la ley).   Bajo esta política, las diferencias entre homosexuales y heterosexuales quedaban en la esfera privada y por tanto era necesario proteger las libertades mediante políticas liberales. El principal objetivo político de estos grupos estuvo centrado en la reforma de las leyes penales.
Pero cabe destacar que  estas asociaciones, en su esfuerzo por dignificar el colectivo, comenzaron a alejarse de la praxis homosexual, y llegaron a considerar un insulto que existieran bares donde los homosexuales pudieran conocerse. Rechazaban el modelo social que se podía encontrar en esos lugares, y afirmaban que estaban frecuentados por queers (en su acepción de hombres raros), afeminados, de clase media alta que seducían a miembros de la clase obrera a cambio de favores.
Esta íntima relación con un discurso que hace de la sexualidad una patología, una realidad enfermiza que debía ser trabajada “científicamente” y observada desde una mirada heterosexual, ordenada, sana, normal,  implica que se necesite otro vocablo alejado del discurso médico para referirse a esta realidad y  surgen allí dos términos nuevos: gay y queer, que se fueron re- semantizando a lo largo del último siglo. (Rizzo, 2006) (Melo, 2005) (Rodríguez, 2007)
El término gay originalmente significaba “lleno de alegría o regocijo”[7] y fue en principio utilizado por los propios homosexuales para autodenominarse y alejarse del término homosexual que tenía una evidente connotación médica y, a la vez, para diferenciarse del homosexual afeminado y estridente.
En junio de 1969, Nueva York vive una protesta violenta  encabezada por travestis, como consecuencia de la redada policial en el bar Stonewall Inn, dos días atrás. A partir de esta manifestación se forma el Frente de Liberación Gay, cuyas movilizaciones se inscriben dentro de un marco general de enfrentamiento entre policía y distintos grupos radicales que comenzaban a emerger en la sociedad norteamericana (Panteras Negras, activistas feministas, grupos pacifistas, etc.)
El Frente supone un punto de inflexión importante, ya que establece lo gay como movimiento político y la lucha por  la capacidad de acceder al discurso y narrarse a sí mismo. Hasta este momento, el homosexual siempre había sido narrado y referido por otros (la religión, la medicina, la psicología, la ley).
La historia de las luchas por la emancipación homosexual y la liberación gay ha consistido  en la lucha de los gays y las lesbianas por arrancarles a las personas no gays el control sobre cuestiones  como: quién habla por nosotros, quién representa nuestra experiencia, quien está autorizado  a hablar con información sobre nuestras vidas. (Halperin, op.cit. p.77)

 Esta lucha, fuertemente influida por  el discurso y formas de acción de otros grupos activistas se convirtió en el medio de expresión de una generación para mostrar su rechazo al orden social y político de la postguerra y al concepto de familia que la sociedad imponía.
Este modelo de frente de liberación tuvo rápida aceptación en otros países: en Gran Bretaña y Francia se formaron frentes de liberación en 1970 (Gay Liberation Front y Front Homosexuel d’Action Revolutionaire). La Homosexuelle Aktion Westberlin   surge en Alemania a partir de la censura de la película de Rosa Von Praunheim (nombre que usaba el director Holger Mischwitzky , cuando se travestía): Nicht der homosexuelle ist pervers, sondern die Situation in der er lebt[8]. Ese mismo año se crea el Fronte Unitario Omosessuale Rivoluzionario Italiano ( FUORI)[9] .
 (…) basada en el análisis integral de las estructuras políticas, económicas, sociales y culturales, enormemente influida por el marxismo y la crítica marxista del psicoanálisis. Las causas de la homofobia eran inherentes a la clase media y a la ética capitalista: el racismo, el imperialismo y la represión sexual eran expresiones e instrumentos de explotación que se utilizaban contra un grupo social. Por consiguiente, para la lucha se consideraron esenciales las alianzas con otros grupos de oprimidos (clase trabajadora, la mujer, las minorías étnicas). Si el sistema completo (la clase dirigente) era la raíz de la presión, los homosexuales no podían alcanzar la liberación reclamando su propio espacio; (…) las zonas de tolerancia creadas en algunas ciudades provocaron críticas, pues se consideraron guetos (...) El objetivo de los liberacionistas gays fue el transformar el conjunto de la sociedad.” (Rizzo, 2006., p.214)

El movimiento ponía en  discusión la separación  esencial entre público/privado bajo la que se estructuraba tradicionalmente la sociedad occidental. Era necesario manifestar en público el auténtico ser, que, para el movimiento gay significaba destaparse, salir del armario[10].  El armario (closet) era considerado un signo de la opresión y una expresión indiscutible de la interiorización de la homofobia; esta situación sólo se podría cambiar si  los individuos asumían su sexualidad y declaraban abiertamente  su postura. Los movimientos de liberación gay entendían el acto sexual como un gesto revolucionario en sí mismo. Hocquenghem, filósofo  francés y uno de los principales referentes del FHAR, afirmaba que “el patriarcado se funda en el contraste entre el poder público del falo y la privatización del ano. Por tanto, liberar el ano a través de la sexualidad masculina es socavar los fundamentos de las relaciones sociales patriarcales” (citado por  Rizzo, op.cit., p. 216). Según Foucault , la oposición discursiva de estos movimientos fue de suma importancia y supuso un progreso político:
Los movimientos llamados de “liberación sexual” deben ser entendidos, creo, como movimientos de afirmación “a partir” de la sexualidad. Lo que quiere decir dos cosas: son movimientos que parten de la sexualidad en que estamos sumergidos y que hace que funcionen plenamente, pero al mismo tiempo se desplazan respecto a ese mecanismo, se desligan de él y lo desbordan. (Entrevista citada en Halperin, op.cit., p.79)

Los movimientos  de liberación fueron debilitándose a lo largo de los años 70, en gran medida debido a la dificultad  para definir sus propios parámetros de identidad, que llevaron a la fragmentación de los frentes en grupos y movimientos más específicos: los varones gays afroamericanos comenzaron a cuestionar la capacidad del movimiento por reflejar las necesidades de aquellos sujetos oprimidos no sólo por sus prácticas sexuales, sino por otros factores, como la raza o la clase social.  Los grupos de lesbianas, por su parte, no se sentían identificados con un movimiento gay, al que definían como misógino y centralizado,  a lo que se sumaba su preocupación por la lejanía que mantenía con la mayor parte de los grupos feministas.
De todas formas, la movilización de estos grupos sirve como referente, y permite el surgimiento de otro tipo de militancia: los grupos de activistas.  A diferencia de los frentes de liberación, el activismo  defendía un programa político que buscaba cambios sociales más específicos, centrado en las necesidades de gays y lesbianas, sin pretender una revolución social estructural. Sus objetivos principales  eran la despenalización de la homosexualidad  en aquellos países cuyos códigos penales aún la mantenían como delito, y  luchar por lograr un cambio en la forma en que los medios de comunicación trataban a la homosexualidad.
Si bien  podemos establecer puntos en común entre el activismo y los frentes de liberación, como por ejemplo la utilización de un lenguaje  de orgullo y autoidentificación como colectivo y la importancia que le daban al hecho de salir del armario, la diferencia principal estriba en la capacidad que desarrollaron los activistas  de organizarse en colectivos bien estructurados que  podían relacionarse de forma efectiva con el sistema político y crear grupos de presión en el sistema. Las acciones de lobby las efectuaban no solo sobre políticos durante las campañas, sino  que presionaban a ciertas asociaciones profesionales a las que consideraban partícipes de la opresión.
 La presión organizada  logró avances significativos como la  eliminación de la homosexualidad de la lista de enfermedades mentales publicada por la Asociación Psiquiátrica Americana. Al menos, formalmente, la homosexualidad ya no era una enfermedad.
Se pasó así de la vida nocturna y los bares clandestinos al día y los espacios públicos, de la desviación sexual al concepto de estilo de vida alternativo, y se pretendió alcanzar una cierta normalización, una integración al estilo de vida dominante. Los años finales de la década del 70 son considerados la época dorada de bares y clubes, donde la liberación sexual parecía manifestarse desde la pornografía a la música pop, que hizo de YMCA, una canción del grupo Village People,  casi un himno de esa generación.
Los movimientos políticos por los derechos gays y la subcultura comercial homosexual  sólo terminaron de acercarse por la crisis del sida,  virus que atacó a la comunidad homosexual, sobre todo la masculina, a principios de los años 80.
La poca importancia  que los gobiernos y medios de comunicación dieron inicialmente al problema del sida  motivó la reactivación y fortalecimiento de los activistas que  veían en esa actitud ciertos tintes homófobos, dado que en principio se pensó que solo afectaba a los grupos marginales denominados las cuatro haches: homosexuales, heroinómanos, hemofílicos y haitianos. El segundo y tercer grupo se contagiaba mayoritariamente por el uso de jeringas y transfusiones de sangre, y el cuarto grupo se relacionó porque se afirmaba que el virus había comenzado en Haití al mismo tiempo que en los Estados Unidos.
La crisis del sida exigió tácticas de acción directa y desobediencia civil a una escala mayor a la desarrollada anteriormente por estos grupos.  En las manifestaciones convocadas por la ACTUP-AIDS Coalition to unleash power (Coalición del sida para desencadenar el poder) también participaron minorías étnicas como las comunidades latina y afroamericana.
Para los activistas, la epidemia supuso el cierre de una brecha  entre los grupos; las lesbianas ocupaban puestos importantes en las asociaciones que promovían el sexo seguro, la atención de los infectados y las campañas para obtener más financiación para la investigación,  y lograron el debilitamiento del separatismo lésbico.
En junio de 1981, el Centro para el control y la prevención de enfermedades (CAC) publica el primer informe sobre un síndrome que afectaba sobre todo a jóvenes gays. Al principio, los especialistas lo llamaron Inmunodeficiencia Relacionada con los Gays (GRID) y un año después le cambiaron el nombre a Síndrome de Inmunodeficiencia Humana (HIV).
Otra particularidad importante en la década de los 80  se dio en cierta transformación de los espacios sociales homosexuales. Los bares queer existían desde hacía mucho tiempo (recordemos el desprecio de los grupos homófilos hacia ese tipo de lugares) y eran en su mayoría mixtos, frecuentados tanto por homosexuales como por heterosexuales. Estos lugares  cambiaban constantemente y no permanecían abiertos mucho tiempo,  debido a las continuas redadas de la policía y a la  incapacidad de afianzarse como sitios de encuentro: los llamados ace queen[11] y los sissies[12]  buscaban generalmente a  varones heterosexuales,  los trades [13](marineros, soldados, jóvenes de clase trabajadora), y no necesitaban los bares como lugares de encuentro, ya que los espacios urbanos, como los parques y los baños públicos, eran más útiles para sus fines.
En la década del 80, muchos gays buscaron a sus iguales para establecer relaciones; surge entonces en el argot el término clones para referirse a hombres homosexuales musculosos, con bigotes y patillas que generaron sus propios circuitos y estéticas: los machotes y los leathers[14] generaron un mundo más cerrado de lugares de sociabilidad con lugares específicos para mantener contactos sexuales como cuartos oscuros[15] y saunas.  Los locales que comienzan a aparecer a partir de Stonewall, pero sobre todo  proliferan  en la década de los 80, fueron concebidos exclusivametne para gays, por lo que los heterosexuales que los frecuentaban pasaron a ser llamados bisexuales o gays que no han salido del armario. (Rizzo, 2006)
Nos encontramos aquí con un mundo social cada vez más atomizado y segmentado con lugares específicos para leathers, travestis, bears[16], hombres jóvenes, mayores, etc. Los hombres vinculados a los grupos Leather y Bears  solían rechazar las posturas afeminadas  y la delicadeza de los homosexuales queen  y preferían el encuentro con sus iguales.  La práctica del ejercicio físico y del culto al cuerpo masculinizado que defendían llevó a que en los años 90 los gimnasios pasaran a ser el centro de la homosocialidad en las grandes ciudades.
A partir del éxito de la ActUp, se crea en 1990 un movimiento  llamado Queer[17] Nation que asume la lucha contra la homofobia y se propone lograrlogra la visibilidad de todo el espectro que formaban las colectividades gay y lésbica. Este grupo entendía que las políticas anteriores llevadas a cabo por los movimientos activistas no habían logrado cambiar la cultura heterosexual dominante ni  terminar con las políticas antihomosexuales.  El principal problema de gays y lesbianas era que la sociedad seguía asentada en bases heterosexuales y excluía a todas las otras opciones. Su principal objetivo como movimiento era desafiar la heteronormatividad  y crear una cultura pública queer.
Sus bases se centraban en la afirmación de que la heteronormatividad social era el origen de la dicotomía público/privado en la que lo público corresponde a lo heterosexual, y confina lo homosexual al ámbito privado. Este orden social deja al homosexual en un impasse de difícil solución: por un lado, el gay tiene que salir del armario, pero cuando lo hace, muchos protestan porque creen que la preferencia sexual de cada uno no tiene que ser asunto del dominio público. Aunque la sociedad pretenda y exija separar los ámbitos públicos y privados, esto no se aplica al heterosexual, por lo que el homosexual debe aceptar de buen grado el discurso público y constante sobre temas, supuestamente privados, de los heterosexuales[18]:
Lo que Eve Kosofsky Sedwick ha llamado de manera memorable “La epistemología del armario” es la mejor ilustración de este fenómeno. Sedwick ha mostrado que el closet es el lugar de una contradicción imposible: no puedes estar adentro y no puedes estar afuera. No puedes estar adentro, porque nunca estarás seguro de haber logrado mantener tu homosexualidad en secreto; después de todo, uno de los efectos de estar en el closet es que no puedes saber si las personas te tratan como straight porque las has engañado y no sospechan que eres gay, o porque te siguen el juego y gozan del privilegio epistemológico que les confiere tu ignorancia de que ellos lo saben. Pero si nunca puedes estar en el closet, tampoco puedes estar afuera, porque aquellos que alguna vez gozaron del privilegio epistemológico de saber que no sabes lo que ellos saben, se niegan a renunciar a tal privilegio e insisten en construir tu sexualidad como un secreto al que tienen un acceso especial, un secreto que se descubre ante su mirada lúcida y superior. (Halperin, op.cit., pp.54-55)

A partir del movimiento Queer Nation, el término queer comienza a adoptarse nuevamente, y cambia el sentido. Surge la denominación queer como reacción a las identidades gay y lésbica  a las que le hacían críticas importantes: el estancamiento que supone definir una identidad buscando la media, el estereotipo del concepto “gay positivo”[19] y la exclusión que supone  la definición de la identidad  según un criterio que deja fuera otros factores de diversidad como cuestiones de raza, clase social y nivel educativo. Rescatan los logros obtenidos por los activistas (cambios en legislaciones represoras, supresión de la homosexualidad como enfermedad en los tratados médicos, etc.), pero denuncian que  lo gay,  al mismo tiempo que se propone  derrumbar  los pilares de la heteronormatividad para hacer visible la exclusión,  le otorga la palabra a un tipo específico de homosexual (blanco, clase media, profesional, apolítico, occidental) y deja fuera del discurso a otras identidades. Tiene en sí mismo el germen de la exclusión.
 Si bien este grupo de lucha política se disuelve rápidamente, tuvo una importante repercusión al centrar su activismo en insistir en los aspectos queers del mundo heterosexual, y propugnar un cambio social al defender y demostrar  la inestabilidad de los conceptos de identidad y de comunidad.


[1] Uno de los axiomas más fuertes supone el esencialismo sexual. “Entender el sexo como fuerza natural que existe antes de la vida social y que da forma a las instituciones. Esta percepción está arraigada en Occidente y hace que se considere el sexo como algo eternamente inmutable, asocial y transhistórico”  (Córdoba, 2005 p.24). “Dominado durante más de un siglo por la medicina la psiquiatría y la psicología, el estudio académico del sexo ha reproducido el esencialismo. Todas estas disciplinas clasifican al sexo como propiedad de los individuos, algo que reside en sus hormonas o en sus psiques. El sexo puede, indudablemente, analizarse en términos psicológicos o fisiológicos, pero dentro de estas categorías etnocientíficas, la sexualidad no tiene historia ni determinantes sociales significativos” (Rubin, 1984, p.130).
[2] El término uranita apareció por primera vez en alemán (Uranier) como antecedente inmediato de homosexual. Fue utilizado por Karl Urlichs  a partir del vocablo Ourania (la celestial), epíteto de Afrodita, la diosa del amor.  En la mitología griega, Afrodita Urania fue una diosa celeste que no podía ser objeto de deseos carnales.  Con esta definición se pretendía rechazar la asociación entre homorerotismo y el delito y la enfermedad física  o mental y legitimar la orientación del deseo sexual entre hombres.
[3] Según el Online Etymology Dictionary, el término fue usado (en inglés) en 1892 por C.G. Chaddock en la traducción del trabajo del Barón Von Krafft-Ebing “Psychopathia Sexualis”. Trad. Libre
[4] Se conoce como los “años locos” o los “felices 20” a la década de 1920, entre el fin de la Primera Guerra Mundial y la crisis económica de 1929.
[5] En 1943, aparecen en Zurich algunos artículos de investigación médica que afirman la posibilidad de curar la homosexualidad a través de terapias de aversión. Este procedimiento proponía una readaptación de conductas a través de descargas eléctricas, hipnosis y exposición a imágenes eróticas, de modo que se inducía al paciente a olvidar o al menos a evitar expresar la desviación social.
[6] Anexo: tabla de identificación con triángulos de colores de los diferentes detenidos en el campo de concentración de Dachau.
[7] Cf. Esp.gayo, Port. gaio, It. gajo. Si bien en 1951 el OED (Oxford English Dictionary) integró la primera acepción del término como adjetivo para homosexual, la expresión “gey” cat (chico homosexual) ya aparecía en 1933 en el Underworld & Prision Dictionary de N.Erskine. (Online Etymology Dictionary) Trad. libre

[8] El homosexual no es perverso, sino la situación en la que vive.  El director  toma el nombre Rosa para recordar el color del triángulo que debían llevar los homosexuales condenados en los campos de concentración nazi.
[9] Término que también significa afuera.
[10] La expresión  “coming out of the closet”, salir del armario, es usada en argot gay para definir el hecho de asumir y hacer pública la homosexualidad. Su origen sociolingüístico se basa, según algunos historiadores, en el tradicional “coming out party” (baile de debutantes en las que se introducía a las jóvenes adineradas en la sociedad dando a entender que ya eran adultas y podían casarse) y que en principio el argot toma para referirse a la introducción de alguien en la subcultura gay. Para un análisis más profundo ver: Chauncey, George (2004) Gay New York: Gender, Urban Culture, and the Making of the Gay Male World, 1890–1940. New York: Basic Book
[11] Homosexual muy afeminado que en ocasiones puede ser confundido con una mujer.
[12] Término bastante común en el argot gay.  Al no existir un estudio formal sobre el argot gay  puedo en todo caso aventurar una explicación para dar cuenta de la expresión. Posiblemente derive del término sister (hermana) y es una término peyorativo que identifica a un chico joven que no cumple la imagen tradicional asociada a su género. Un hombre será considerado sissy por mostrar interés en hobbies o trabajos tradicionalmente femeninos, por comportamiento afeminado, por  mostrar cobardía o por no tener un cuerpo atlético o al menos marcadamente masculino. En español, el término que más se le aproxima es el de marica o maricón, que deriva de María (nombre muy común en español). El término marica o maricón tiene un sentido de debilidad, feminidad y pasividad (características tradicionalmente asociada al género femenino y cuyo principal exponente es la virgen María, modelo de mujer cristiano) que relaciona a este tipo de hombres a los cultos marianos. Un sissy es el opuesto al término camionera, usado para definir a las mujeres (sobre todo lesbianas) que tienen comportamientos o cumplen trabajos en roles tradicionalmente masculinos.
[13] Referido a individuos que suelen mantener relaciones con otros a cambio de regalos y dinero, pero que no se consideran homosexuales. En español, el término más utilizado es chulo.
[14] Leather (cuero) es una subcultura que comprende ciertas prácticas, instrumentos y vestimentas que se organizan con un fin erótico.  Una de las formas distintivas es el uso de artículos de cuero e indumentaria de color negro. Si bien esta subcultura es muy visible en el mundo gay,  no es exclusiva de ese grupo.  A pesar de que en el imaginario se asocia la cultura leather a prácticas BDSM, en muchas ocasiones el uso del cuero y de indumentaria negra es una moda erótica que busca realzar la masculinidad del portador y proyecta su poder sexual.
[15] Salas oscuras o con muy poca luz en las que se tiene sexo sin ver al partenaire.  Algunos locales tienen varias salas, con distintos grados de oscuridad, tipo catacumbas.
[16] Los bears (osos) forman una subcultura dentro de la comunidad gay. Se caracterizan por su cuerpo grande y el orgullo por tener vello facial y corporal. Dentro de esta comunidad existen subcategorías: chubbies (gordos), cub (chachorros jóvenes), muscle bear (oso musculado), polar bear (oso con muchas canas) etc. Los osos defienden una actitud masculina y rechazan el estereotipo de homosexual afeminado.
[17] El término queer proviene de la raíz indoeuropea twerkw que significa “a través”(Kosofsky,1993, pág.63)  y que comparte con el alemán quer (transversal), el término latino torquere (torcer) y el inglés athwart (transversalmente).La acepción más común en la lengua inglesa es la de bizarro, extraño, enfermo, anormal. Durante mucho tiempo se lo utilizó para describir algo que tenía un comportamiento excéntrico.
[18] Este doble discurso se hace evidente en algunas reacciones cotidianas: una pareja de gays caminando de la mano por la ciudad, dándose un beso o intercambiando cualquier tipo de demostración afectiva suele levantar críticas del tipo “no tienen por qué hacerlo evidente”,  en cambio una pareja heterosexual en la misma situación no es cuestionada, ni en el mundo real, ni en las imágenes publicitarias.
[19] “(…) la vida gay ha producido sus propios  regímenes disciplinarios, sus propias técnicas de normalización, bajo la forma de cortes de pelo obligatorios, camisetas, dietas, equipos de cuero, body piercing y ejercicio físico (la rutina diaria en el gimnasio, por ejemplo, ¿es una liberación o un trabajo forzado?).” (Halperin, op.cit., p.52)


martes, 15 de noviembre de 2011

De la Inquisición a las Colonias: la hoguera como destino y la amistad como refugio


Santa Inquisición
No hay muchas fuentes sobre la persecución de hombres que tuvieran relaciones entre sí en los inicios y la alta Edad Media[1], en gran medida porque el concepto de homosexualidad, como parte de una categoría específica, no  estaba dentro del pensamiento epocal.  Se conocía el llamado “tercer sexo” a partir de las obras de Platón. En este período histórico, el sexo estaba directamente vinculado a la naturaleza y tenía como fin la procreación, por lo tanto las relaciones sexuales entre varones se incluían en el grupo de otras prácticas antinaturales como la zoofilia, el sexo oral, la anticoncepción y el aborto.  El derecho canónico que regía la vida  espiritual y social  de los hombres se expresaba a través de dos vías: la Biblia y los libros penitenciales[2] (libri poenitentialis) propios de cada región. Su interpretación establecía que los pecados antinaturales debían ser expiados con penitencias.  La disparidad de los libros penitenciales se subsanó con un compendio  conocido como Decretum de Graciano, elaborado en Bolonia hacia el año 1140.
En el siglo XII, un grupo de reformadores eclesiásticos[3],  encabezado por Gregorio VII, elaboró un tratado que se denominó Liber Gomorrhianus (Libro de Gomorra), en el que en ciertos pasajes se “describía la imagen  satírica de una generación de sacerdotes sodomitas que se consumían por úlceras malignas y se exigió al Papa Leon IX que tomase medidas más extremas contra la epidemia” (Hergemöller, 2006, p. 60).
Es en el siglo XIII cuando se adopta el término sodomita[4] para describir cierta práctica sexual y permite someter a los que lo cometen a la ley de la Inquisición establecida por Gregorio IX en 1233. Es importante marcar aquí un cambio profundo en la actitud de la Iglesia y de las sociedades europeas hacia los hombres que mantenían relaciones con otros[5],  que  pasaron a formar una categoría específica de perseguidos.
Tomás de Aquino estableció una clasificación de pecados, entre los cuales aparecen los cuatro pecata luxuriae: las infracciones simples (como por ejemplo las relaciones con prostitutas), el adulterio, el incesto y los actos antinaturales.  En jerarquía, el incesto era considerado por este teólogo como menos grave que los actos antinaturales, ya que al menos estaba dentro del sistema de procreación. Los pecados más graves eran aquellos que atentaban contra la naturaleza: autosuficiencia (mollities), zoofilia(bestialitas), actos anales u orales (concubitus indebitus) y actos sexuales entre hombres (vicium sodomiticum).
En este sentido, la clasificación de las personas en la  Edad Media no pasaba por una diferenciación entre individuos heterosexuales y homosexuales, sino  entre  actos naturales o anti-naturales. En otras palabras, no se perseguía y ejecutaba a la gente por ser homosexual, sino porque sus actos atentaban contra la naturaleza.
 Alrededor del año 1300, los Cátaros, procedentes de Bulgaria, son el primer grupo en oponerse al poder de la Iglesia con un conjunto unificado de valores; para ellos el verdadero cristiano debía seguir un camino de pureza, conocimiento y ascetismo, por lo que la fertilidad y la reproducción, al pertenecer al terreno material, eran relegadas a un segundo plano. La Iglesia sospechó que cometían actos antinaturales y hacia finales de la Edad Media terminó con ellos. Lo interesante de este período y de la relación con los Cátaros es que el odio cristiano hacia ellos llegó a un punto en el cual los conceptos de herejía y de sodomía se convirtieron en una sola palabra para el vulgo: el verbo alemán ketzern (cometer herejía) deriva de la palabra cathari; y la palabra francesa bougre y la inglesa bugger (sodomía) aluden a los orígenes búlgaros de la herejía. En español, el término bujarrón para describir al homosexual (sobre todo al activo) también alude al mismo origen.  (Hergemöller, 2006) (Guasch, 2007)
En el siglo XV hay un cierto renacimiento del homoerotismo, pero a través de la exaltación de la amistad.  El amor entre amigos se expresaba mediante abrazos, besos y dedicatorias en las obras que se publicaban. Se establecen así dos tipos de hombres que aman a otros: por un lado, los sodomitas, condenados socialmente por participar en actos antinaturales y, por otro lado, los amigos, que cultivaban un eros sublime mediante cartas y poemas.   A través del ejercicio de la amistad se acepta la intimidad masculina como práctica social.
Michael de Montaigne (1533-1592), en su ensayo Sobre la amistad, inmortaliza a su amigo Etiénne de la Boétie. Afirma que la pasión sexual es voluble y, en cambio, el “amor de amigos” genera “una calidez universal (…) una calidez que es constante y reposada, toda ternura y serenidad, que no tiene nada de afilado ni cortante”. Siguiendo a los antiguos griegos, Montaigne postula que la amistad se basa en la igualdad, aunque, justamente por ese motivo, critica la pederastia griega, ya que supone una relación de gran disparidad entre el erastés y el erómanos.
Durante el período conocido como el Siglo de las Luces (siglo XVII), los intelectuales  comenzaron a hablar sobre la sodomía en términos laicos y no religiosos. Los pensadores de esa época, cuyos discursos estaban centrados en las relaciones entre naturaleza  y sociedad  y, sobre todo, en la idea de progreso, no dejaron de censurar los actos sodomíticos por atentar contra la evolución y el progreso social.[6]
En la Europa moderna era común que los hombres convivieran en grupo (sacerdotes, soldados, marineros,  jóvenes en internados, etc.) por lo que las relaciones entre ellos no deberían ser algo extraño. Estas redes sociales masculinas eran transversales a toda la sociedad, y se daban con frecuencia en los ámbitos aristocráticos como ilustra Sibalis sobre las cortes de Guillermo III (Inglaterra), Federico el Grande (Prusia) y Gustavo III (Suecia), en las cuales “las redes de amistad y sexo entre hombres ayudaban a definir la distribución del patrocinio, la promoción y las recompensas” (2006, op.cit. p.104)
Hacia fines del siglo XVII comienzan a surgir en Inglaterra las llamadas sociedades para la reforma de las costumbres, que buscaban purgar al país de la inmoralidad. Entre sus métodos más conocidos estaba la publicación de los lugares de encuentro de los sodomitas ingleses.  La persecución social de los hombres demasiado amigos entre sí, y el allanamiento de los lugares de encuentro de los sodomitas se extiende nuevamente con cierta virulencia a otros países europeos. Eran allanados e inspeccionados los lugares de las ciudades en los que se solían reunir los sodomitas: plazas, baños públicos, determinadas tabernas y bosques. 
En la mayor parte del continente europeo en la Edad Moderna la sodomía era penada con la muerte, casi siempre en la hoguera, salvo en “Inglaterra donde se los ahorcaba, y en Holanda, donde a partir de mediados del siglo XVIII se cambió la hoguera por el garrote o ahogarlos en un tonel” (op.cit. p 109). Sólo a partir de finales del siglo XVIII  se comenzaron a modificar los códigos penales para imponer otro tipo de castigos.
Un factor importante a considerar en este contexto histórico es que, paralelamente a la vida social en el continente europeo, las potencias comenzaron a conquistar y colonizar el Nuevo Mundo, y se encontraron con pueblos y culturas que sostenían prácticas sociales  vistas como abominables por el pensamiento cristiano de los conquistadores.
Las crónicas de los conquistadores documentan ciertas prácticas sexuales entre varones de las culturas americanas. También se sorprendieron al descubrir que, entre los nativos, algunos individuos adoptaban un rol transgénero, lo que permitía en sus sociedades no sólo actos sexuales, sino muchas veces  matrimonios entre el mismo sexo.  Beemyn (2006) cita  una carta del explorador español Cabeza de Vaca en la que habla sobre los indios coahuiltecanos que habitaban en lo que hoy es territorio de Texas, y cuyas prácticas sociales, que admitían las relaciones transgénero, fueron denominadas diabluras por el conquistador español:
Vi un hombre casado con otro, y éstos son unos hombres amarionados, impotentes, y andan tapados como mujeres y hacen oficio de mujeres, y tiran y llevan muy gran carga. Entre éstos vimos muchos de ellos así amarionados, como digo, y son más membrudos que los otros hombres y más altos. (p. 147)

Si bien la mirada cultural de los conquistadores, entendía que  estos hombres transgénero adoptaban el papel de pasivos o mantenidos en sus relaciones afectivas, lo cierto es que en esas sociedades no eran considerados ni hombres ni mujeres, “un género adicional que bien combinaba elementos masculinos y femeninos o bien existía aparte de las categorías del género” (Lang, 1999, p. 92).
Sabine Lang rastrea las voces que definían a este género para los antiguos habitantes de Norteamérica: los indios Cree usaban el término ayekkwew (ni hombre ni mujer, o, tanto hombre como mujer)  mientras que los Zuni los llamaban katsote (muchacho-muchacha). En ambas culturas estas personas estaban completamente integradas y aceptadas en sus comunidades.
La llegada de los conquistadores cambió radicalmente la situación en América. Se comenzaron a aplicar penas capitales para el delito de sodomía aunque, como en Europa, se aceptó e incentivó el ideal de amistad masculina, a la que poetas como Whitman describía como “el afecto sano y hermoso del hombre hacia el hombre” y a la que consideraba la forma más pura del amor masculino. Los poemas de Whitman nos muestran el modo que adoptaba el discurso sobre la amistad entre iguales, y celebraba “la necesidad de camaradas” e imaginaba una sociedad ideal en la que el amor masculino sería invencible y no invisible:
                        Será corriente ver amor masculino por todos lados,
                               en las casas y en las calles.
                               El hermano o el amigo que se va saludará con un beso
                               al hermano o al amigo que se queda.
                                                               Whitman, Cálamo. (1860)

Durante los años de conquista de territorios inhóspitos, como el Oeste americano, era común establecer sociedades casi exclusivamente masculinas debido a las duras condiciones de vida. Así, los mineros, los vaqueros, los trabajadores de los  campos de ferrocarril, usualmente vivían juntos, y formaban verdaderos grupos sociales que se caracterizaban, entre otros aspectos, por la ausencia de mujeres.  La necesidad hacía que se desarrollaran entornos más libres de las restricciones de la sociedad dominante, que permitían, por ejemplo, a dos hombres bailar juntos ante la falta de una partenaire femenina.
El entorno apartado de estos grupos mencionados propició una especie de aceptación  de lo que podríamos denominar “homosexualidad  situacional” (Higgs, 1999) en los campos de trabajo, aunque sobre todo deberíamos hablar de un “ambiente homoerótico”. Por ejemplo, durante la fiebre del oro en 1849, la ciudad de San Francisco pasó de ser un asentamiento fronterizo a una ciudad, y miles de hombres fueron a buscar fortuna. La escasez de mujeres y las restricciones sociales hacían que los hombres se entretuvieran mutuamente en los salones y los lugares de juego. En ciertos bailes, los hombres llevaban un pañuelo en el brazo para indicar que asumían el papel tradicional de la mujer. (Wright, 1999 pp. 165-167) (Boyd, 2003, pp. 2-3)
De todas formas, este homoerotismo no era nuevo en las colonias. De hecho, en el siglo XVII los temibles piratas del Caribe eran conocidos no sólo por sus saqueos, sino por sus relaciones de emparejamiento mutuo.  Los bucaneros evitaban a las mujeres y optaban habitualmente por relaciones fieles y de larga duración con otros compañeros. Estas relaciones eran reconocidas y aceptadas por sus camaradas de a bordo. Burg  comenta que:
(…)según las costumbre pirata, cuando moría alguno de los hombres, su pareja heredaba su propiedad y la parte del botín correspondiente. En algunos casos, a un compañero también se le permitía imponer un castigo severo al otro, y en la batalla a menudo luchaban como un equipo, llegando incluso, a veces, a morir juntos. (1983, pp.130-131)



[1] La Edad Media es el período comprendido entre los siglos V y XV. Comienza con la caída del Imperio Romano y culmina con el descubrimiento del Nuevo Mundo.
[2] Surgidos en Irlanda a finales de siglo VI.
[3] El esfuerzo principal de este grupo de eclesiásticos estaba dirigido  a evitar el matrimonio entre sacerdotes por cuestiones ciertamente económicas y de influencia política.
[4] El término hace alusión a Sodoma, ciudad destruida por el fuego según el Antiguo Testamento (Génesis XIX, 1-29), utilizado tradicionalmente para defender el rechazo a la homosexualidad. Según la Biblia, Dios castigó a los habitantes de la ciudad, por haber exigido a Lot que les ofreciera a los dos ángeles enviados por Dios que se alojaron en su casa para “conocerlos”. Tradicionalmente se interpretó esto como un intento de mantener relaciones sexuales con ellos aunque la mayoría de los teólogos modernos  desvía esa interpretación y argumentan que la ira de Dios recayó por haber omitido las reglas de hospitalidad que se debía a los visitantes (Guasch, 2007) (Boswell 1980).  DeYoung  considera  que “a pesar  de la insistencia con la que se ha asociado el castigo de los sodomitas con las prácticas homosexuales, todos los textos de la biblia que se refieren a la condena de Sodoma no hacen referencia al homoerotismo, sino a pecados como la opresión, la injusticia y la violencia”.
[5] Siguiendo a Hergermöller, en este período  la teología se alejó de las ideas alegóricas y se estableció un sistema  racional que analizaba la historia del mundo desde la creación hasta la segunda venida de Cristo: “(…) una versión que acompañaba las 4 causas de Aristóteles: la material, la formal, la eficiente y la final. En esta visión del mundo teleológico no hay lugar para aquellos tipos de sexualidad que rompen la cadena de causa y efecto y ponen en duda la causa finalis o destino de (…) la salvación.”

[6] Para una mayor ejemplificación de esta postura ver: Voltaire, Diccionario Filosófico, en el que define el “amor socrático” como un vicio destructivo de la raza humana y una atrocidad infame contra la naturaleza, o  Innmanuel Kant, Lecciones de ética, en la que define la sodomía como “contraria a los fines de la Humanidad” porque  “el objetivo último de la Humanidad con respecto a la sexualidad es conservar la especie”. Por otra parte es interesante que un escritor nada ortodoxo como el marqués de Sade  en su libro La filosofía en el tocador, fuera el que defendió con ímpetu la sodomía como una práctica universal con “discípulos y capillas por todo el mundo”, y absolutamente natural: “Si verdaderamente es un sinvergüenza o un monstruo… entonces ¿por qué la naturaleza lo ha creado con debilidad por su placer?”(2008, pp.57-58)

sábado, 12 de noviembre de 2011

Homosexual, gay, queer y estereotipos de caracterización de las otredades de género

Hacia una arqueología de la homofilia
Para entender las diferencias semánticas y conceptuales  de la  enunciación de la masculinidad no hegemónica, creo necesario historizar brevemente la evolución y la repercusión social que ha tenido la relación entre varones en Occidente. Esta pretendida arqueología, al estilo de Foucault, nos permitirá esbozar y diferenciar cada término utilizado para describir este tipo de comportamiento sin perder de vista los contextos históricos. También, establecer relaciones diacrónicas entre ellos sin caer en imposturas intelectuales que pretendan buscar gays u homosexuales en el estricto sentido del término, que no toman en consideración que cada uno de esos conceptos surge en épocas precisas y no existían en la antigüedad porque no entraban dentro del paradigma del pensamiento epocal. Es decir: podemos afirmar que, en la antigua Grecia, la idea de una identidad homosexual no era posible.

La mitología griega relata diversas historias de dioses que se enamoraron de jóvenes mortales, no siempre mujeres.  Zeus se enamoró de Ganímedes, príncipe de Troya, considerado el joven más bello de Grecia, y se convirtió en águila para raptarlo y llevarlo al Monte Olimpo.  Apolo amó al joven Jacinto y  despertó los celos del dios de los vientos del Oeste, Céfiro, que también amaba al mortal. En un arranque de celos, Céfiro hizo que el disco con el que jugaba Jacinto le golpeara la cabeza y muriera (de su sangre brotó la flor que lleva su nombre).  Una de las piezas de literatura clásica más leídas, La Ilíada, nos muestra a un desesperado Aquiles llorando a su amigo muerto en batalla, el joven Patroclo al que su madre trata de consolar: “Hijo mío, ¿cuánto tiempo seguirás llorando con la mirada extraviada de pena, sin comer ni dormir? Yacer con mujeres y enamorarse de ellas también es bueno.”(p. 211) .La relación entre Aquiles y Patroclo fue considerada por la sociedad griega como la consagración del ideal de amistad entre iguales.
Así se mostraba el vínculo íntimo de amistad y afecto que se profesaban los antiguos griegos y que establecía determinadas pautas morales  que no juzgaban estas relaciones.
Hannah Arendt (2002)  retoma la división aristotélica  que marca dos esferas completamente diferenciadas en la vida griega: por un lado el oikos (lo privado), que se establece como lugar de satisfacción de necesidades vitales que son inherentes e involuntarias al hombre (necesidades físicas y materiales), y por otro la polis (lo  público), la esfera del conocimiento  y, por lo tanto, de la libertad. Mientras el oikos es gobernado mediante la violencia, la polis es regida por el discurso y la persuasión. En la primera esfera es posible la violencia porque los que la integran (niños, mujeres, esclavos) no son iguales, sino instrumentos de realización; en la segunda, integrada por hombres libres e iguales, la violencia no puede ser mostrada porque en sí misma es incapaz de discurso[1].  En este contexto podemos entender que para la sociedad griega las relaciones entre varones fueran consideradas superiores porque se daban entre iguales y, sobre todo, porque eran  absolutamente intelectualizadas. Aun cuando el contacto sexual existía, la relación con un igual era un proceso de conocimiento y de superación como hombres.
En la antigua Creta, el ritual de iniciación castrense se iniciaba con el rapto de un joven por  un adulto, a quien se le ofrecían regalos y era conducido a un bosque en el que pasaba un período de hasta dos meses con su amante. Cuando regresaban, se le regalaban las armas y las vestiduras de hombre porque se entendía que, mediante la penetración anal, el raptor le había transmitido su fuerza.  En la sociedad espartana, las relaciones entre varones tenían una vinculación directa con el carácter militarista de esa sociedad en la que los niños eran llevados a los campamentos militares a la edad de siete años y  los soldados adultos vivían allí, separados de las mujeres. El concepto griego de lakonizen (hacerlo a la espartana) alude justamente al hecho de penetrar a un joven. Según el historiador Hupperts, la relación entre un soldado maduro y un recluta se consideraba adecuada para el desarrollo del más joven y no era raro encontrar a los amantes uno al lado del otro en el campo de batalla:
Jerofonte y Plutarco, entre otros, nos cuentan que en el siglo IV A.C., la ciudad de Tebas (…) acogía una unidad militar especial de trescientos hombres, la llamada Cohorte Sagrada, compuesta en su totalidad por parejas de enamorados. La estrecha amistad y el sentido mutuo del honor ante el compañero aseguraban que los amantes no se iban a abandonar. (2006. p. 31)

El eros griego no establecía diferencias entre el amor de un hombre hacia un joven o hacia una mujer, sino que directamente se consideraban dos formas de deseo sexual (eros). Una y otra podían ser más o menos apropiadas en determinados contextos. La identidad sexual no era una preocupación para la sociedad griega (no existían términos distintos para nombrar la heterosexualidad ni la homosexualidad), siempre que el hombre se comportara como tal, es decir, que llevara el mando de la relación y que penetrara a nivel vaginal, anal, oral o interfemoral. Siguiendo a Hupperts, el acto de penetración se asociaba a los valores de valentía, belicosidad, virilidad, masculinidad. 
En la Grecia clásica, el ritual iniciático de los jóvenes se establecía en una relación de pederastia, entre un erómenos, un joven de entre 12 y 18 años o hasta que le saliera la barba, y un erastés, ciudadano mayor, encargado de seducir, enseñar y actuar como su maestro. El adulto debía seducir al muchacho, nunca obligarlo, y la relación establecía estatus para las dos partes: cuanto más bello e inteligente era el erómenos, más prestigio adquiría el adulto, y viceversa; cuanto más formado y bien posicionado el erastés, más honor adquiría su discípulo.  
Uno de los tratados más importantes sobre el eros griego es, sin duda, El banquete de Platón, en el que se perfila y analiza el objeto del amor (impulso), y su lugar y fuerza  en la conducta de los humanos.  De esta obra, me parece pertinente citar en este trabajo dos intervenciones. La primera pertenece al cuarto orador en hablar, Aristófanes, que  plantea su discurso en forma de mito y narra  el concepto del andrógino primigenio:
(…) el aspecto que a la vista presentaba cada hombre, era en total, redondo, con espalda y pechos dispuestos en círculo, con cuatro manos, con dos rostros perfectamente iguales sobre un solo cuello circular, una sola cabeza sobre ambos y opuestos rostros, cuatro orejas, dos vergüenzas (…) tres eran las clases de hombres: lo varón, por nacimiento y por principio engendro del sol; lo hembra, de la tierra; lo común a ambos, engendro de la luna (op.cit., pp. 64-65)

Para debilitar y castigar el desacato de esa raza que buscaba destronarlos, los dioses olímpicos decidieron dividirlos:
(…) habló Júpiter y dijo de esta manera: ‘Me parece haber dado con una traza para que haya hombres y cese, con todo su insolencia: debilitarlos. Voy, dijo, a dividir a cada uno en dos, con lo que resultarán más débiles y a la vez más útiles para nosotros, por haber crecido en número. (…) Cortada, pues, así en dos la humana naturaleza, se iba la una mitad hacia su otra mitad con ansias de unión. (op.cit., p.66)

Aristófanes relata que Júpiter, compadecido, cambia de lugar las vergüenzas de las criaturas humanas para que pudieran unirse. Al final de su intervención, este pensador asume que el amor es el deseo de dos de convertirse nuevamente en uno y que el eros entre iguales es innato.
La  segunda intervención que me interesa rescatar es la de Sócrates, el sexto orador en hablar. El maestro de Platón entiende al eros como una fuerza que alienta a los hombres a crear, a producir. Enamorarse es, para Sócrates, adentrarse en la belleza y la bondad. El eros equivale a engendrar la belleza y ayuda a perpetuarla.  La progenie es una de las formas mediante la que el erastés se reproduce a través de sus descendientes. Los hijos son un modo de descubrir la existencia del eros, pero, por otro lado, el amor entre hombres genera descendientes espirituales de mayor longevidad que los hijos, tales como la virtud, el pensamiento y el conocimiento. Quizás prolonguen su inmortalidad por medio de un tratado filosófico o leyes que guíen la conducta de los hombres.
(…) los fecundos según el cuerpo se dan sobre todo a las mujeres y son de esta   manera amantes, procurándose, a su parecer, mediante la procreación de hijos, inmortalidad, memoria y bienandanza para todo el tiempo por venir, más los que lo son según el alma…, que hay, dijo, ‘quienes están preñados de alma, mucho más que de cuerpo, y de cosas de que es propio del alma empreñarse y parir’.
 (…) al contacto y al trato con lo bello procrea y engendra lo que antes tenía en preñez, y lo hace en presencia de lo bello, y en su ausencia por su presencia en la memoria, y en común crían lo engendrado en grado tal que, entre éstos, es el ayuntamiento mayor que entre los padres y  la amistad mucho mejor asentada, puesto que los hijos de tal unión son más hermosos y menos mortales. (op.cit., p. 92)
Es posible notar aquí lo expuesto anteriormente sobre el amor entre varones absolutamente intelectualizado, establecido  a partir de una relación de formación y de conocimiento. Uno de los argumentos principales de Sócrates en este discurso apela  justamente  a la necesidad de frenar y controlar los impulsos del cuerpo y a encontrar el placer en la búsqueda de la verdad. Esta dicotomía mente/cuerpo, y el cuerpo como lugar a dominar y, por lo tanto, a trabajar, será retomada posteriormente por Nietzsche en El origen de la tragedia (1871), para establecer una comparación ente lo apolíneo y lo dionisíaco[2]. 
En Roma, las relaciones entre hombres también se daban, pero con algunas particularidades. Para el ciudadano romano el concepto más importante era el de virtus (normalmente traducido como virtud), aunque literalmente significaba masculinidad.  El pueblo romano se caracterizaba por ser  dominante y conquistador, dos actitudes que se permeaban a todos los ámbitos de su vida cotidiana.  Podemos recordar aquí al poeta  Virgilio en su cita al deber romano: “Parcere subiectis et debellare superbos” (‘perdonar a los que se sometan y abatir a los soberbios’). La sexualidad masculina en Roma se expresaba cada vez que un hombre demostraba su virtus.
Para el hombre romano, el sexo  era sinónimo de penetración y no  importaba a quién se penetraba, pudiendo ser hombre, mujer o esclavo.
En  la sociedad romana, un papel aparte tenían los hombres con actitudes femeninas, los cinaedus. El término provenía de los conceptos griegos kinaidos y pathicus (aquel que tolera) y a estos varones se los definía como lujuriosos, no hombres e incapaces de controlar sus deseos. Según Aldrich, a finales del siglo I A.N.E existía cierta tolerancia hacia los hombres afeminados y hacia aquellos que se dejaban penetrar:
Se decía que César adoptó el papel femenino en la relación que mantuvo con  Nicomedes, rey de Bitinia. Llamaban a César la reina de Bitinia, y sus soldados cantaban ‘Gallias Caesar subegit, Nicomedes Caesarem’ (‘César ha sometido a Galia, Nicomedes [ha sometido] a César’). Cátulo apodó al general cinaedus y lo llamó mollis, blando o poco viril. Parece que César no se tomó esta calumnia a pecho (…) porque su reputación como gran seductor  de mujeres, y sus habilidades como general y soldado lo elevaban por encima de cualquier reproche. (op.cit., p. 54)

Paulatinamente las leyes del imperio comenzaron a hacerse más duras  y a rechazar y castigar las relaciones entre varones. Este crecimiento del odio hacia las prácticas sexuales entre varones  puede ser explicado en relación con el ascenso del cristianismo. Los seguidores de Cristo comenzaron a juzgar la sexualidad con la perspectiva de que lo bueno se basaba en lo que se consideraba natural  (procreación), sin  que importara el papel sexual  que asumieran los hombres entre sí (activo o pasivo). La sexualidad era natural cuando tenía como fin la procreación, y  todo acto que no llevara a ello pasó a ser considerado antinatural.
Durante el reinado de Justiniano (527 a 575 N.E.) se establecieron leyes bajo las que toda conducta  sexual entre varones era castigada con la muerte.


[1] La capacidad de discurso es tomada por Arendt como marca distintiva de la política y la civilización. Zizek afirma que “la entrada en el ámbito del lenguaje y la renuncia a la violencia fueron entendidas habitualmente como dos aspectos del mismo gesto” (2009 p.78). La oposición entre discurso y violencia, y el concepto de civilización como  lugar de discurso libre que esta oposición propone, es criticada por algunos pensadores como Lacan y Derridá, que han entendido el discurso como involucrado en actos de violencia, aunque Arendt se aferra a la necesidad de esta distinción, ya que entiende que las consecuencias de la confusión entre las esfera privada y pública en la sociedad moderna han sido catastróficas. El traspaso de lo que debería ser estrictamente privado a la esfera pública contamina  esta esfera con la violencia que, para los griegos, debía pertenecer al ámbito de lo privado. Lo que se pierde en esta sociedad es la celebración de la diversidad de opiniones, ya que, según Arendt, la sociedad exige que sus miembros actúen como una gran familia y que por lo tanto solo tiene una opinión y un interés.
[2] En esta obra, Nietzsche reflexiona sobre la naturaleza de lo apolíneo y lo dionisíaco  y hasta enumera las ciencias y las artes que  les son propias a cada una de estas deidades. Afirma Nietzsche que lo apolíneo está  guiado por una racionalidad estricta y obedece a procesos lógicos del pensamiento. En cambio, lo dionisíaco es algo que emerge de las profundidades del ser y  hace que el hombre necesite echar mano a algo más que su naturaleza racional. Entiende que a Dionisio le gusta ponerle trampas al animal racional. De cierta forma,  Apolo y Dionisio conviven en cada hombre y no es posible establecer dominios absolutos.

martes, 8 de noviembre de 2011

Teoría de género como instrumento de análsis.(segunda parte)

Masculinidad, virilidad
Una vez establecidas las principales características que definen el concepto de género como categoría analítica, podemos empezar a establecer otras distinciones. Si asumimos que el género funda y delimita las acciones, la subjetividad y las formas de pensamiento de hombres y mujeres a través de una serie de dispositivos sociales incorporados durante el proceso de socialización, es posible intentar un rastreo de aquellos conceptos asociados al de “hombre” para encontrar categorías de análisis más precisas.
 Una primera aproximación podría distinguir las diferencias  entre  términos generalmente usados para describir al sujeto varón y la masculinidad, aunque muchas veces sin que se haga una distinción intelectual precisa entre ellos: identidad masculina, hombría, virilidad y roles masculinos.
En un primer intento de delimitación conceptual, podemos decir, siguiendo a Gutmann (2000), que la identidad masculina es cualquier cosa que los hombres piensen y hagan (acciones que definen cualquier identidad, más allá  del sexo)[1],  mientras  que la hombría  se puede definir como todo aquello que los hombres piensan y hacen para ser hombres. El concepto de virilidad plantea que, en toda sociedad, algunos hombres, ya sea de manera inherente o por adscripción, son considerados más “hombres” que otros (fuerza física, capacidad de guerrear, heterosexualidad, etc.) Ateniéndonos a los roles que tradicionalmente se asocian al concepto de masculinidad, debemos entender su estrecha vinculación con las relaciones establecidas entre los géneros, por lo que desde esta perspectiva se considerará la masculinidad como aquello que no son las mujeres.
Siguiendo a Guasch, la masculinidad dominante en una sociedad, la forma de ser varón que pretende ser hegemónica, es el resultado de una serie de estrategias sociales mediante las cuales los hombres se reconocen y respetan entre sí. Esas estrategias integran diversas prácticas discursivas y cierta exteriorización ritual del sexismo, la misoginia y  la homofobia. La masculinidad dominante se establece así  en oposición a  otros grupos a los que les atribuye un estatus social inferior (mujeres, niños, homosexuales, minusválidos, etc.).
A pesar de esa masculinidad dominante que actúa como juego de complicidad entre ciertos varones, y que establece una dinámica de centro y periferia  asociada a relaciones de poder  con la exclusión de otros varones que no se ajustan al modelo, es necesario complejizar el sistema:
Hay que entender la masculinidad como el resultado de las estructuras de género (tanto sociales como simbólicas) que organizan la identidad y los roles de los varones, al margen de que cumplan o no los modelos de género socialmente previstos (…) La masculinidad es un todo que engloba tanto las normas de género como sus desviaciones. (…) Al fin y al cabo lo que los psiquiatras llaman homosexualidad masculina es una más de las múltiples formas de ser varón previstas por nuestra sociedad. (Guasch. op.cit., p.87)

Si entendemos al género como un sistema relacional y como constructo socio-histórico en permanente cambio, es necesario tener en cuenta que las formas hegemónicas de construirse varón cambian, no sólo históricamente  y en distintas sociedades, sino que conviven con otras posibilidades  dentro de un mismo período histórico y en un mismo lugar. Se hace necesario para eso desnaturalizar el concepto, enmarcarlo políticamente y estudiar las relaciones de poder que  permiten subordinar a quienes no se ajustan al modelo hegemónico.
El concepto de masculinidad está sometido a un proceso de elaboración teórica y política constante en Occidente. Los movimientos feministas y, posteriormente, el movimiento gay, lo tomaron como instrumento de análisis sociológico para dar cuenta del género como elemento de la estructura social constituido por una serie de significados que cada sociedad le atribuye.
 La coexistencia de distintas expresiones de la masculinidad hace necesario que pluralicemos el término y hablemos de masculinidades, ya sean mayoritarias y hegemónicas, o no.


[1] Bajo esta perspectiva podemos preguntarnos ¿cuál es la identidad de una mujer que piensa y actúa en forma idéntica a un hombre? 

Listado bibliográfico sobre género y teoría queer

Algunas referencias que pueden resultar útiles:
Alamilla, N. (2003). Wide-open town: A history of queer San Francisco to 1965. Berkeley, EE.UU: University of California Press.
Aldrich, R. (ed.). (2006). Gays y lesbianas. vida y cultura. San Sebastián, España: Nerea.
Aliaga, J. V. (2004). Arte y cuestiones de género. San Sebastián, España: Nerea.
Allouch, J. (2001). El sexo del amo. El erotismo desde lacan. Córdoba, Argentina: Ediciones literales.
Althaus-Reid, M. (2005). La teología indecente. Perversiones teológicas en sexo, género y política. Barcelona, España: Bellaterra.
Amícola, J. (2000). Camp y postvanguardia. Buenos Aires, Argentina: Paidós.
Bataille, G. (2000). El erotismo. Barcelona, España: Tusquets.
Bersani, L. (1995). Homos. Buenos Aires, Argentina: Manantial.
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Teoría de género como instrumento de análsis

Delimitaciones y definiciones posibles
Aproximarse a la teoría de género como herramienta de investigación hace necesario definir algunos conceptos básicos, que nos permitan disponer de  distintas categorías como instrumentos de  análisis, y delimitar ciertos criterios de su uso.

 Género y sexo
El término “género” es utilizado por las ciencias sociales desde la década del 50 cuando  John Money (1955)  introdujo la expresión  gender role para describir las conductas sociales atribuidas a hombres y mujeres.
Las reflexiones sobre género suponen un rastreo constante de las implicaciones sociales y subjetivas que tiene ser varón o mujer en una cultura dada, aunque muchas de ellas sean entendidas a veces como naturales.
Una de las primeras distinciones que debemos hacer es la que diferencia sexo de género.  La diferencia central entre estos conceptos estriba en que “el sexo queda determinado por la diferencia sexual inscrita en el cuerpo, mientras el género se relaciona con los significados que cada sociedad le atribuye” (Burin & Meler, 2009.p. 20).
Desde un punto de vista descriptivo, asumimos que los modos de actuar, pensar y sentir de cada género son construcciones sociales pre-asignadas diferencialmente a hombres y mujeres desde temprana edad, que hacen que los individuos internalicen ciertas pautas de conducta social que determinan la femineidad y la masculinidad en una sociedad dada.
 Podríamos aproximarnos a una definición de género siguiendo a Burin & Meler como “la red de creencias, rasgos de personalidad, actitudes, valores, conductas y actividades que diferencian a mujeres y a hombres” (op.cit., p.21).  Esta red de significaciones se ordena a partir de una lógica binaria (masculino/femenino, hombre/mujer) en la que un elemento define a su contrario al establecer la diferencia en términos de “o lo uno o lo otro”. El elemento que ocupa el lugar central (Uno) establece una relación jerárquica superior con respecto al segundo (Otro). Según esta lógica, un término ocuparía un lugar dominante, la posición de sujeto, y el otro término sería desplazado a la posición de objeto[1].
 Este sistema de oposición binaria y jerárquica es analizado por la teoría de género para hacer visible que esta lógica ha sido construida en un proceso histórico y que no es natural, y para denunciar que “los estereotipos de género se elaboran asociando género y naturaleza” (Guasch, 2007. p.92).
Hay tres características que podemos atribuir al concepto de género como categoría de análisis. La primera  es entenderlo como elemento relacional, por lo que siempre aparece marcando su conexión y nunca de forma aislada. También debemos  considerar que esta relación, de tipo binaria, es construida social e históricamente a través de diversos mecanismos y no es un hecho natural. Por último, es importante recordar que no podemos hablar de género de forma pura; utilizar el concepto de género como elemento totalizador vuelve invisibles otros aspectos que cruzan al sujeto  y que definen la subjetividad humana como la raza, la clase social, la religión.


[1] Entiende Derridá que  el gesto inicial de la configuración binaria del mundo  se da en la Grecia clásica  en la concepción del ideal de verdad como unidad de “logos / phoné” y  “ethos /eidos”, y que  las configuraciones del pensamiento contemporáneo nunca abandonan ese anclaje del logocentrismo.  La distinción platónica en Fedro, entre habla y escritura, supone el habla como más cercana al ideal de verdad y más alejada del mundo sensible (materialidad). “El privilegio del habla se funda en el binarismo significado/significante, que implica una concepción secundaria para la escritura en tanto que derivada, exterior y representativa; la escritura es definida como un signo de un signo” (Ferro, 2009 p.70).
La dualidad establecida así entre lo “inteligible/sensible” sirve de fundamento para una serie de oposiciones binarias que evidencian un orden jerárquico en el que un término aparece como lo fundamental, el centro, el origen, en detrimento de otro término: contenido/forma, alma/cuerpo, naturaleza/cultura etc. El término privilegiado implica una presencia superior, pertenece al orden del logos; el inferior está marcado por la degradación. Siguiendo a Derridá, una oposición de conceptos metafísicos nunca es el enfrentamiento entre dos términos, sino una jerarquía y el orden de una subordinación.
El ejercicio de desconstrucción propuesto por Derridá implica justamente romper el espíritu binario y la dependencia jerárquica como se ha entendido la historia de Occidente. La teoría de género entiende que la construcción  binaria  hombre/mujer  y heterosexual/homosexual obedece a una lógica jerárquica y es una producción sexista en el primer caso y homofóbica en el segundo. En ambos casos hay un término que no está marcado y que por lo tanto no es problematizado (designa la categoría a la que se supone que todo el mundo pertenece: la norma) y  otro término que sí está marcado y por lo tanto derivado o subordinado (que designa a la categoría de personas que se diferencian en algo  de las personas normales, no marcadas). Cuando estamos frente a una relación binaria existe un término “que es” y otro obligatoriamente que se define como “el que no es” y el primero se normaliza como hegemónico y válido. “El término marcado funciona no como un medio para denominar una clase de personas real o determinada, sino para delimitar y definir, por negación y oposición, el término no marcado. El término ‘homosexualidad’ (…) no describe una cosa singular y estable, sino que funciona como un espacio sin contenido determinado que puede ser llenado con un conjunto de predicados lógicamente contradictorios y mutuamente incompatibles, cuya conjunción imposible no se refiere tanto a un fenómeno paradójico del mundo, como a los límites que marca del término opuesto, ‘hetererosexualidad’, porque ambos términos no representan un par verdadero, dos contrarios con mutuas referencias, sino una oposición jerárquica en la que la heterosexualidad se define constituyéndose como la negación de la homosexualidad.” (Halperin, 2007. pp.65)